Guerras entre los hijos de D. Fernando I


El primer rey de Castilla y León, D. Fernando I, dividió así sus estados aun en vida. Dio a su hijo mayor, Sancho, la Castilla, que ya se consideraba como reino principal y mejor porción de la herencia; a su hijo segundo, Alfonso, dio León; al tercero, García, el reino de Galicia; a las hijas también les formó un pequeño estado eclesiástico o monacal con el título de infantazgo, que la leyenda decía tener por capital para Urraca la ciudad de Zamora, y para Elvira la de Toro.

Esta repartición fue desacertada y funesta, pues, muerto el padre en 1065, Sancho, en quien encarnaba el pensamiento de la hegemonía castellana, se rebeló contra la voluntad paterna, no tolerando la disgregación del gran reino, y empezó una serie de guerras contra los hermanos, las cuales duraron lo que el corto reinado del ambicioso: ocho años. En estas guerras ayudó al rey de Castilla el famoso caballero D. Rodrigo Díaz, llamado el Cid. Con tan buen vasallo, Sancho atacó a Alfonso, le prendió, le despojó del reino de León, y le permitió buscar un refugio en la corte del rey moro de Toledo; venció también a García, y le quitó la Galicia y Portugal, y por último, sitió a Urraca en Zamora. 
No le faltaba ya a Sancho más que esta ciudad para ser dueño de todo el reino del padre, cuya voluntad desacataba, cuando fue muerto por un caballero de los sitiados, llamado Vellido Adolfo.
El joven rey moría sin sucesión; al saber su muerte, Alfonso se escapó del poder del rey moro de Toledo, y, viniendo a Zamora, se unió con su hermana, a quien veneraba como madre, y se ciñó la corona. Siendo Alfonso originariamente rey de León, realizaba a gusto de este reino la unidad tan deseada por Castilla, y así terminó la gran postrera enemistad de ambas regiones.


El Cantar del cerco de Zamora

Un poema enteramente histórico cantó estas guerras más que civiles: El Cantar del cerco de Zamora. No se conserva sino reducido a prosa en las crónicas de los siglos XIII y XIV (En la Primera Crónica General de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV en 1289); así que no podremos dar idea de sus pormenores de ejecución, pero sí de su plan y pensamiento. El análisis de esta obra exigirá toda nuestra atención más especial, por tratarse de una poesía que, versando sobre costumbres sociales y políticas del siglo XI, anda a veces muy lejos de los sentimientos, móviles y temas que hoy nos son familiares. El poema tiene por esto gran valor arqueológico; pero al mismo tiempo, habremos de notar que reúne condiciones artísticas de primer orden.
Servíale como prólogo la solemne escena de la muerte del rey D. Fernando el Magno. Cuenta la Historia llamada Silense que el rey Fernando I, ya viejo y lleno de gloria, habiendo enfermado en una excursión militar que dirigió sobre Valencia, se hizo llevar a León; allí pasó la vigilia de Navidad del año 1065, en la iglesia de San Isidoro, cantando con los monjes los maitines, aunque enfermo. Al día siguiente vistió las regias insignias, y, postrado ante el altar, exclamó con clara voz: “Tuyo es el poder y el reino; a ti, rey de los reyes, devuelvo yo ahora el reino que me diste, pidiéndote que mi alma vea la luz eterna”. Y dicho esto, se quitó la corona adornada de pedrería y la puso sobre el altar, desnudóse los vestidos reales, vistió cilicio, esparció ceniza sobre sí, y vivió dos días en penitencia, al cabo de los cuales entregó su alma sin mancilla a Dios.
Esta larga agonía que los autores eclesiásticos nos cuentan, consagrada a la fervorosa penitencia, era de muy distinta manera concebida por los juglares, que la describen rodeada de pasiones y tumulto.
El Cantar del cerco de Zamora colocaba la muerte del rey no en León, sino en Castil de Cabezón. Allí llamó a sus hijos y les repartió los reinos, dando a Sancho, la Castilla; a Alfonso, León; a García, Galicia; olvidándose de la suerte de su hija Urraca. Entonces Sancho, que era el hijo mayor, dijo al padre que no podía hacer aquel reparto, porque los godos habían establecido que nunca se dividiese el imperio de España, mas que estuviese siempre bajo un señor; y como el padre insistiese en su propósito, el hijo le dice: “Haced lo que queráis, pero yo no lo otorgo”.


Llegada del Cid y lamentación de doña Urraca
Entonces llegó el Cid, que había estado ausente cuando la partición. El rey moribundo preguntaba a menudo por él, y tuvo gran alegría al verle llegar, diciéndole: “¿Dónde os habéis tardado tanto, Cid, que nunca rey tuvo mejor consejero que vos? Yo os ruego que aconsejéis siempre bien a mis hijos. Tarde llegáis, pues ya no os puedo dar nada de mi herencia, porque ya he repartido mis reinos”.
Pero don Sancho, queriendo ganarse tan buen vasallo, dijo al padre: “Dadle al Cid lo que quisiereis en mi tierra”. Y el rey le señaló entonces un condado en Castilla.
Ellos estando en esto, doña Urraca entró en palacio, llorando a voces; avisada por su ayo Arias Gonzalo del peligro en que estaba el rey, había ido precipitadamente a Castil de Cabezón, acompañada de cien damas nobles; al llegar a la villa todas bajaron de las mulas, quitaron las tocas de su cabeza en señal de duelo, y comenzaron a llorar. La infanta entró por el palacio, diciendo: “¿De qué me sirve ser hija de tan noble rey, si quedo desheredada y abandonada a quien me quiera deshonrar?”
El moribundo batallaba entretanto con la muerte, poseído de agónica pesadilla: “Vete, vete; ¿por qué me estrechas tanto, que ya me has herido uno de los ojos? Cuando yo estaba sano, pensaba que a todo el mundo podía resistir en batalla.”
A las quejas de la infanta, el rey recobra el sentido, y pregunta: “¿Quién llora así?” “Es- dice el Cid- vuestra hija doña Urraca, que queda desheredada.” Y el rey se lamenta: “Por el abandono de esta hija se perderá mi alma.”


El Cid

Muerte del rey D. Fernando I

El rey llamó entonces a todos y dio un infantado a Urraca: “Yo te dejo a Zamora, que es una fuerte ciudad. Quien os la quitare, hija, tendrá mi maldición. Y todos, hijos míos, juradme que no pelearéis uno contra otro, pues bien os dejo con qué vivir en paz cada uno con lo suyo.” A estas palabras, todos juraron y dijeron “amén, amén”, salvo don Sancho, que guardó silencio. Silencio famoso en los romances, ideado por el poeta castellano para disculpar la conducta posterior de don Sancho.
También el moribundo hizo jurar a sus hijos que se guiasen todos por consejo del Cid y le favoreciesen. Luego, pidiendo el cuerpo de Cristo, recibió la comunión postrado en el suelo; y vuelto a la cama, puestos los pies hacia el oriente, expiró teniendo en la mano el cirio que todo moribundo debía tener como símbolo de la “luz eterna” que espera.
Muerto don Fernando, todos le lloran amargamente, y más que nadie el buen viejo Arias Gonzalo, el ayo de la infanta Urraca, a quien el rey, moribundo, había encomendado su hija como a varón prudente y abnegado. Él veía en torno al lecho mortuorio del rey fraguarse el nublado tormentoso, el trágico sino de sus herederos: “Señor, no lloro yo por vos, mas por nosotros, tristes, que quedamos sin amparo. La guerra que vos solíais hacer a los moros se tornará ahora sobre nosotros, y nos mataremos hermanos con hermanos, parientes con parientes, y todos los de España seremos destruidos.”
Lúgubre profecía que no tardó en cumplirse.
El hijo menor, García, arrebató a Urraca la mitad de su herencia, y esto despertó la codicia del hermano mayor, Sancho, quien al ver cómo el menor quebrantaba la jura prestada al testamento paterno, se propuso castigarle en provecho propio. En vano el Cid le aconseja que respete la voluntad del difunto; Sancho le responde que él no es perjuro, pues no aprobó la partición del reino ni juró nada a su padre. En consecuencia, entra en guerra con su hermano García, le prende y le mete en cadenas dentro del castillo de Luna, donde vivió aherrojado veinte años. 
El desgraciado prisionero no consintió que, ya para morir, le quitasen los hierros, sino que mandó enterrarse con ellos, encariñado con su larga desdicha.
Sancho acometió luego a Alfonso, le venció con ayuda del Cid, le prendió y le envió desterrado a Toledo.


Sancho intenta apoderarse de Zamora


Luego despojó a Urraca de su infantado; y queriendo quitarle la fuerte ciudad de Zamora, envía cartas por toda la tierra para que todos sus vasallos se juntasen en Sahagún. Nadie desobedeció, porque el rey era muy duro, aunque tan mozo que entonces le empezaba a apuntar la barba.
Reunida la hueste, acampa junto a Zamora, y el rey cabalga alrededor del rey para reconocerla; y cuando la vio erguida sobre una peña tajada, rodeada de muros fuertes con torres espesas, y cercada por la otra parte por el curso del río Duero dijo a los suyos: “Mirad cuan fuerte es; bien creo que no la pueden combatir moros ni cristianos. Si mi hermana me la vendiese o me la cambiase, me creería ya rey de toda España”. 
Don Sancho luego se volvió al Cid y le dijo: “Cid, acordaos que mi padre os crió en su casa y que yo os di en mi tierra un condado; ahora os pido, como amigo y vasallo leal, que vayáis a decir a mi hermana doña Urraca que me dé Zamora por dinero o por cambio, que yo le juraré con doce vasallos míos el pacto que quiera hacer”. El Cid se resiste: “Señor, para mí es muy duro ese mensaje, pues fui criado en Zamora, en casa de Arias Gonzalo, con la misma doña Urraca”. 
Pero el rey es inflexible, y el Cid se dirige, aunque de mala gana, a la ciudad. 
Al verle entrar en su palacio, Urraca siente gran alegría, reconociendo en él un amigo de la infancia; pero el Cid olvida la amistad para cumplir con su deber de vasallo y expone el duro mensaje, que hace romper en lágrimas a la infanta: “¡Mezquina de mí! ¡No veo más que desdichas desde que murió mi padre! Sancho tiene preso a nuestro hermano García, como si fuese un ladrón; tiene desheredado y huido entre moros a Alfonso, y a mí me quiere quitar Zamora. Más me valiera que la tierra me tragase”.
Y en un arranque de saña llega a decir: “Mujer soy, y bien sabe que no lidiare con él; pero yo le haré matar a escondidas o a la faz del mundo”.
El viejo Arias Gonzalo la reporta y la aconseja que reúna todos los de Zamora en la iglesia y les consulte. Todos le prometen su vida y sus riquezas, visto lo cual la infanta despide al Cid, negando la entrega de la ciudad.
Cuando el rey Sancho oye la respuesta que trae el buen vasallo, se deja arrebatar de la ira: “Cid –le dice- vos fuisteis quien aconsejó a mi hermana eso, porque os criasteis aquí con ella. Os doy de plazo nueve días para que salgáis de mi reino”. 
Y ya el Cid se marchaba para cumplir la orden, cuando los condes y ricoshombres hicieron comprender al rey su injusticia; pero sólo con grandes promesas logró el rey que el Cid se decidiese a volver.
La traición de Vellido Dolfos

Siguen asaltos y matanzas; sin embargo, la ciudad parecía inexpugnable. Los sitiadores acuden al asedio, que se prolonga siete años, con gran hambre y miseria de los sitiados; hasta que al ver tanto sufrimiento, Arias Gonzalo aconseja a doña Urraca que abandone la ciudad. Ella entonces junta a todos los de Zamora y les dice: “Amigos, por vuestra lealtad sufrís tantos trabajos; pero bastante habéis hecho ya, y os mando que entreguéis la ciudad a don Sancho dentro de nueve días, y yo me iré entre moros, a Toledo, con mi hermano Alfonso”.
Todos se contristaron y pensaban muchos acompañar a la infanta a tierra de moros; mas entonces un caballero llamado Vellido Adolfo se presenta a Urraca:
“Señora, yo vine a Zamora con treinta caballeros, mis vasallos, y os serví largo tiempo, y no me habéis hecho ninguna merced. Si ahora me la concedieseis, yo os quitaría a don Sancho de sobre Zamora y haría descercar la villa”. La infanta le contesta con un refrán: “Vellido, bien merca el hombre con el apenado o con el torpe, y así haces tú conmigo. No te mando que hagas nada del mal que piensas; pero te digo que al que me quite a mi hermano de sobre Zamora y me la descerque, le daré cualquier cosa que me pida”. 
Entonces Vellido, sin hablar más palabra, besó la mano a la infanta en señal de aceptación y de agradecimiento, y se fue. Dirigiéndose a la puerta de la ciudad, dijo al portero que si le viese en apuro, que le abriese, y en recompensa le dio el manto que llevaba.
Luego, montando en su caballo, paróse ante la casa de Arias Gonzalo y le insultó groseramente aludiendo a trato ilícito del ayo con la infanta. Los hijos del viejo defensor de Zamora se lanzaron en persecución de Vellido. Éste huyó a la puerta, que el portero le abrió, y saliendo al campo presentóse al rey don Sancho, le besó la mano en señal de hacerse vasallo suyo, y le dijo: “Señor, porque aconsejé a los de Zamora que os entregasen la villa, los hijos de Arias Gonzalo me quisieron matar. Por eso vengo a vos, a hacerme vuestro vasallo; yo os entregaré a Zamora; y si no lo consigo, matadme”.
El rey, desde luego, depositó en el traidor una confianza ciega. En vano un leal caballero zamorano, subido al andamio del muro, gritó para prevenir cualquier traición:
¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;
Llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido,
si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.
cuatro traiciones ha hecho, y con esta serán cinco.
Si te engaña, rey don Sancho, no digas que no te aviso.
Pero Vellido dice al rey: “Señor, es Arias Gonzalo el que hace decir eso, porque sabe bien que yo os daré a Zamora”. Y fingiéndose enojado, pide su caballo, como queriéndose ir; mas el rey, lleno de confianza, le detiene, le colma de promesas y va solo con él a reconocer la muralla, para ver un postigo de ella que nunca se cierra y por donde el traidor ofrece meter cien caballeros de don Sancho. Éste llevaba en la mano el venablo de oro, que era el cetro real de entonces, y como una vez, para desembarazarse, lo entregase a Vellido, éste aprovechó ocasión favorable para hundir el venablo al rey por las espaldas, y volviendo enseguida la rienda al caballo, huyó a escape hacia la puerta de la ciudad, que se le abrió otra vez oportunamente.
El Cid le vio huir, sospechó maldad, y pidió su caballo; pero con la prisa no esperó que lo calzasen las espuelas, por cuya falta no pudo alcanzar al traidor; al verle meterse por la puerta de la muralla, le arrojó la lanza, sin alcanzarle más que al caballo, y se volvió, rompiendo en una maldición famosa: “¡Oh, malhaya el caballero que sin espuelas cabalga!

La traición carece de fundamento histórico


Muchas circunstancias de esta muerte son absolutamente históricas, pero no lo es la traición que imaginaron los juglares castellanos.

La traición, según el cantar, consiste en que Vellido besó la mano al rey don Sancho, reconociéndose su vasallo, y luego le hirió por la espalda; pero ambas circunstancias son falsas, según el relato histórico de la Historia Silense. Dice éste que los sitiados enviaron un caballero de gran audacia, quien entrando en el campo enemigo, con su lanza hirió de improviso al rey de frente, y luego, a todo correr de su caballo, se acogió sano y salvo a una puerta de la ciudad que le esperaba abierta, según estaba prevenido.
Se comprende que este hecho, que tiene carácter de hazaña, se convirtió en traición por haberse hecho famoso en una narración de origen castellano. Si el heroísmo de Mucio Scevola, en lugar de haber pasado a la historia contado por los historiadores republicanos de Roma, se hubiera transmitido según el relato del campo etrusco, el nombre de Scevola sería odioso en la historia de Italia como el de Vellido en la de España.
Continuemos con el análisis del poema:
El traidor fue encadenado en Zamora por Arias Gonzalo, y el rey fue hallado moribundo por los suyos. Don Sancho acepta la muerte como castigo por haber violado el testamento paterno, y ruega a todos que pidan para él perdón a Alfonso, cuando éste vuelva de tierra de moros, y le piden también que reciban por vasallo al Cid. Luego, tomando la candela en la mano, entregó el alma al Creador.


El desafío de los castellanos



Los castellanos pensaron luego en vengar a su rey, desafiando a los de Zamora porque habían acogido a Vellido. El encargado del reto fue don Diego Ordóñez, quien armado de todas armas y cubriéndose con el escudo, llegó a la muralla, llamó a voces a Arias Gonzalo, y le dijo: “Vosotros habéis acogido al traidor Vellido, y es traidor el que tiene consigo un traidor. Por esto reto a los zamoranos, tanto al grande como al chico; reto al vivo como al muerto, al que ha nacido como al que está por nacer; reto a las aguas que bebieren, a los paños que vistieren; reto a las hojas del monte y a las piedras del río”.
Esta curiosa fórmula de reto, que abarca a los seres animados e inanimados de una ciudad, no se nos conserva más que en este poema, pero debe ser bien auténtica; algunas partes de ella se repiten con otro motivo en los contratos medievales. Sin embargo, la fórmula del reto que responde a la solidaridad penal del derecho germánico, de que ya hablamos, sonaba a cosa arcaica e inaceptable para el poeta que dio la última redacción del poema, pues hace que Arias Gonzalo responda como quien no comprende y rechaza esa especie de entredicho en que el retador pone todas las cosas vivas y muertas de la ciudad: “En lo que los grandes hacen, ¿qué culpa tienen los chicos; ni los muertos en lo que no vieron? Pero quitando a los muertos y a los niños, por todos los demás acepto el reto y te digo que mientes”. El mentís era palabra sacramental del desafío.


El combate

Se nombran jueces entendidos en derecho, zamoranos y castellanos, los cuales hallan escrito que, el que reta a un concejo cabeza de obispado, debe lidiar con cinco, uno en pos de otro, cambiando el caballo y las armas para cada uno de estos cinco combates, y pudiendo descansar antes de cada uno para tomar tres sopas de pan mojadas en vino y beber vino o agua.


Recibida esta sentencia, Arias Gonzalo se vuelve a Zamora, convoca a todos los de la villa y les dice: “Amigos, si entre vosotros hay alguno que supiese de la muerte del rey don Sancho antes que sucediese, yo le ruego que lo diga; pues antes quiero irme con mis hijos a tierra de moros que no quedar por alevoso siendo vencido en la lid”. 
Era costumbre que el que iba a sostener un reto se asegurase de la verdad de la causa que defendía, pues el reto se fundaba en la firme creencia de que Dios son consentía que jamás fuese vencido quien tuviese razón, y por eso era el reto una prueba judicial certera. Ahora bien: cuando los zamoranos respondieron a Arias Gonzalo que ninguno de ellos sabía de la traición, el viejo defensor de Zamora se sintió confiado; los despidió a todos, se retiró a su casa, y escogió cuatro de sus hijos que lidiasen; él sería el quinto, que lidiaría antes que los hijos: “Pues si fuese verdad lo que dijo el castellano, yo morirá primero y no veré vuestra desdicha; y si él dijo mentira, yo le venceré y os honraré”.
Llegó el día del combate, que era un domingo. Aun no había amanecido, el cielo estaba estrellado, y todos dormían en Zamora, cuando el viejo Arias Gonzalo estaba vistiendo las armas a sus hijos, exhortándoles para la lid y dándoles su bendición. Luego ellos le armaron a él, y montando en sus caballos salían ya por el portón de su palacio, confiados en Dios y en la verdad de su causa. 
Pero no todos en Zamora estaban tranquilos y confiados, pues he aquí que la infanta Urraca se presenta acompañada de sus dueñas y detiene a los cinco caballeros que salían. ¿Era que no tenía la conciencia tan tranquila como los demás zamoranos? ¿Era el cariño a su viejo ayo lo que le quitaba el sueño?
Toda llorosa dice: “Arias Gonzalo, acuérdeseos que jurasteis a mi padre don Fernando que nunca me desampararíais, y ahora me queréis abandonar; por lo cual os ruego que no vayáis a lidiar, ya que hay aquí tantos que os pueden excusar de ir”.
El fiel vasallo obedeció; desvistió las armas, y aunque muchos se las pedían, sólo las entregó a otro hijo suyo, Pedro, que era niño de días, pero valiente, y había deseado mucho entrar en la lid. El padre, al despedirle, le santigua y le dice: “Ve en tal punto a salvar a los de Zamora, como Jesucristo vino al mundo a salvar a los hombres”.

Diego Ordóñez mata a los hijos de Arias Gonzalo


Pero el Cielo no oía estas bendiciones llenas de santa confianza, y el retador Diego Ordóñez mató a Pedro y luego a Diego, otro hijo de Arias Gonzalo; el poeta describe al pormenor los incidentes de estos combates, altamente interesantes para su público de caballeros y ricos hombres; nosotros podemos presenciar uno de esos episodios que nos muestre el despiadado encarnizamiento de la lid y las fórmulas legales que regían estos duelos.
El retador Diego Ordóñez grita desde el medio del campo: “Don Arias Gonzalo, enviadme otro hijo, que, Dios sea loado, ya he vencido dos de ellos”. Entonces los jueces le advirtieron que el segundo hijo muerto no estaba aun vencido, pues yacía dentro de la raya que señalaba el lindero del campo; era preciso que el vencedor sacase el cadáver fuera de esa raya, cuidando de no poner él los pies fuera de la misma. Así lo hace Diego Ordóñez con gran dificultad, y luego, vuelto al medio del campo, en un poste que allí había, pone la mano en señal de victoria, quejándose de aquel requisito, pues más quiere lidiar con un vivo que sacar un muerto fuera de la raya. Después vinieron los jueces y por su mano le sacaron fuera para que descansase, tomase sus tres sopas y su vino y mudase de armas y caballo.
El que sin ser sacado por mano de jueces ponía los pies fuera de la raya, sea por su voluntad, sea forzado por su contrario, quedaba al instante vencido. 
Los jueces tomaron luego por las riendas los caballos de Diego Ordóñez y del tercer hijo de Arias Gonzalo, llamado Rodrigo Arias, y los metieron en el campo. Ambos se acometen. El zamorano atravesó con su lanza el escudo de Diego Ordóñez, pero éste pasó el escudo e hirió en la carne al zamorano. Una vez usadas ya las lanzas, ambos echan mano a las espadas, y el zamorano corta a Diego Ordóñez el brazo hasta el hueso.
Al sentir la herida, Diego Ordóñez descarga su espada sobre la cabeza del zamorano, con tal golpe que le hiende el casco, la férrea capucha de la loriga y la mitad del cráneo. Pero aunque moribundo de tal herida, el zamorano aun puede acometer a Diego Ordóñez y partirle al caballo la cabeza, de modo que, desbocado el caballo, saca a su dueño fuera de la raya, mientras el zamorano, persiguiéndole, se desploma muerto dentro del límite. 
No quedaba vencedor Diego Ordóñez, pues estaba fuera de la raya, ni tampoco el zamorano, pues yacía dentro, pero muerto; y en vano quiso Diego Ordóñez volver a entrar en el campo para lidiar con el cuarto.
Y el quinto hijo de Arias Gonzalo; los jueces no se lo permitieron, y no quisieron juzgar si los zamoranos estaban vencidos o no.



Epílogo del poema


De este modo el poeta deja misteriosamente indeciso el duelo, sin que la acusación de los castellanos se pruebe, pero sin que la sombra de sospecha que pesa sobre Zamora se desvanezca por completo. Esta vaguedad, esta penumbra altamente artística, domina también la escena final del poema, que podíamos llamar su epílogo.

Cuando Alfonso supo la muerte de su hermano se escapó de la corte del rey moro de Toledo y fue a plantar sus tiendas delante de Zamora, adonde vinieron a hacerle vasallaje todos los de sus reinos: primero los leoneses y gallegos, contentos de recobrar su antiguo rey; luego los castellanos, que le reciben por señor a condición que jurase no haber aconsejado él la muerte de don Sancho.

Es de advertir que un juramento así, después que un rey moría asesinado, era garantía buscada desde antiguo contra los codiciosos del trono. La historia romana nos ofrece un ejemplo: cuando Diocleciano fue elegido emperador después del asesinato de Numeriano, sacando la espada juró por el sol que todo lo ve que no había tenido parte en la muerte de su antecesor; y luego, dirigiéndose a Arrio Aper, prefecto del pretorio, dijo: “Ved aquí al asesino”, y le pasó con la espada, como quien inmola una víctima a los dioses infernales.

La jura de don Alfonso es sin duda un hecho histórico, aunque sólo la hallemos contada en historiadores del siglo XIII. La idealización de nuestro poema consistirá en olvidar el carácter obligatorio de tal juramento, presentándolo como una exigencia particular del Cid, y personificando en éste a toda Castilla, dejándole solo frente a su rey.

El juramento del rey don Alfonso

Así cuenta el poema que, pedida al nuevo rey la jura por los castellanos, fueron besándole al fin la mano todos, en señal de vasallaje, prelados, ricos hombres y concejos, sin atreverse ninguno a tomarle el juramento convenido. Faltaba el Cid. Entonces Alfonso dijo a la Corte: “Pues todos me habéis recibido por señor, os ruego que me digáis por qué no me ha besado la mano el Cid, pues yo le favorecería, ya que me lo encomendó mi padre don Fernando al morir.”
Oyó estas palabras el mismo Cid y, levantándose, dijo: “Señor, cuantos hombres aquí veis, aunque ninguno osa decíroslo, todos tienen sospecha de que don Sancho fue muerto por vuestro consejo; por eso, si no os exculpáis con el juramento, nunca os besaré la mano”.
Así habló el vasallo que más debiera solicitar la gracia del nuevo rey, ya que era el más comprometido de todos en las pasadas guerras de don Sancho contra don Alfonso. Éste se somete a jurar, acompañado de doce de sus vasallos, en la iglesia de Santa Gadea (Santa Ágata) de Burgos, que tal era el lugar consagrado en Castilla para estos juramentos públicos. Y todos cabalgan, poniéndose en camino para la ciudad.
Llegado el momento solemne, el Cid tomó los evangelios y los puso sobre el altar de Santa Gadea; el rey colocó ambas manos sobre el libro, y el Cid empezó a conjurarle: “Rey don Alfonso, ¿venís aquí a jurarme que no aconsejasteis la muerte del rey don Sancho, mi señor?” El rey, acompañado de sus doce vasallos contestó: “Sí vengo”. Y el Cid pronunció la obligada maldición: “Pues si juráis mentira, permita Dios que os mate un traidor que sea vuestro vasallo, como lo era Vellido del rey don Sancho mi señor”.
Entonces el rey Alfonso tenía que contestar “Amén”, y al pronunciar esta palabra sacramental, su rostro perdió el color. El Cid, no satisfecho, reiteró tres veces, según era su derecho, el conjuro y la maldición, que eran respondidos por el rey y sus doce vasallos; y cada vez que Alfonso asentía a la maldición confirmándola con un “Amén”, su cara palidecía.
Acabada la jura, el Cid quiere besar la mano a don Alfonso, pero éste, enojado, no se la quiere dar a besar, y de allí adelante le desamó.



Escena grandiosa del poema

El poema, que tan magistralmente se abre con la muerte del rey don Fernando, termina con esta grandiosa escena de la jura de don Alfonso, admirable por la profundidad de concepción y por la intensidad con que concentra el interés dramático sobre la figura del Cid. La muerte de don Sancho deja al héroe sumido en el desamparo, entregado al rencor de Urraca y Alfonso, que le miran como causa de sus antecesores infortunios; nadie más necesitado de intercesores acerca del nuevo rey, y, sin embargo, cuando éste se presenta poderoso y Castilla entera se le postra antes de tiempo, el Cid se yergue delante para rendir, él sólo, el último tributo que la fidelidad castellana debía a su señor asesinado y para obligar al nuevo rey a humillarse ante las leyes del reino que iba a regir.
La escena impresiona vivamente el espíritu, y en él queda indeleble aquella poética indecisión que el poeta nos descubre en el fondo misterioso de la conciencia del rey; el rey jura la verdad como buen cristiano, pero al jurar pierde el color. Esta palidez del regio rostro es la más feliz expresión que puede idearse del recelo invencible con que Castilla recibía a su nuevo soberano.


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