Armada está sobre peña
Tajada toda esta villa,
los muros tiene muy fuertes,
torres ha en gran demasía.
Duero la cercaba al pie,
fuerte es a maravilla…


Riberas de Duero arriba
cabalgan los zamoranos
en caballos alazanes
ricamente enjaezados..
* * * * * *

ROMANCE SÉPTIMO

Del caballero leal zamorano y del traidor

Vellido Dolfos, que mató al rey don

Sancho


Sobre el muro de Zamora
vide un caballero erguido;
al real de los castellanos
decía con grande grito:
—¡Guarte, guarte, rey don Sancho,
no digas que no te aviso,
que del cerco de Zamora
un traidor había salido:
Vellido Dolfos se llama,
hijo de Dolfos Vellido;
si gran traidor fue su padre,
mayor traidor es el hijo;
cuatro traiciones ha hecho,
y con ésta serán cinco!
Si te engaña, rey don Sancho,
no digas que no te aviso.
Gritos dan en el real:
—¡A don Sancho han malherido!
¡Muerto le ha Vellido Dolfos;
gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto
metióse por un postigo;
por las calles de Zamora
va dando voces y gritos:
—¡Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido!



* * *

ROMANCE OCTAVO

Del llanto de los castellanos

Muerto yace el rey don Sancho.
Vellido muerto le había
pasado está de un venablo
que a la tierra le cosía.
Llorando están a par de él
obispos y clerecía;
llórale la hueste toda,
ricoshombres de Castilla.
Don Rodrigo de Vivar
es el que más lo sentía:
-¡Rey don Sancho, rey don Sancho,
muy aciago fue aquel día
en que cercaste a Zamora
contra la voluntad mía!
¡La maldición de tu padre
en mal hora se cumplía!
Levantóse Diego Ordóñez,
que a los pies del rey yacía;
la flor es de los de Lara
y lo mejor de Castilla:
—Que se nombre un caballero,
antes que se pase el día,
para retar a Zamora
por tan grande alevosía.
Todos dicen que es muy bien,
mas nadie al campo salía;
mirando estaban al Cid
por ver si el reto él haría;
mas el Cid, que los entiende,
desta manera decía:
—Yo me armé contra Zamora,
pues don Sancho lo quería;
muerto mi señor el rey,
juré de no combatirla;
grande deudo he con la Infanta,
quebrantarlo no podía.
Allí hablara Diego Ordóñez
lleno de malenconía:
—Mal habéis jurado, Cid,
lo que jurar no debíais.

* * *

ROMANCE NONO

En que Diego Ordóñez reta a los
zamoranos

Ya cabalga Diego Ordóñez,
ya del real había salido,
armado de piezas dobles
sobre un caballo morcillo;
va a retar los zamoranos,
por muerte del rey su primo.
Vido estar a Arias Gonzalo
en el muro del castillo;
allí detuvo el caballo,
levantóse en los estribos:
—¡Yo os reto, los zamoranos
por traidores fementidos!
¡Reto a mancebos y viejos,
reto a mujeres y niños,
reto también a los muertos
y a los que aún no son nacidos;
reto la tierra que moran,
reto yerbas, panes, vinos,
desde las hojas del monte
hasta las piedras del río,
pues fuisteis en la traición
del alevoso Vellido!
Respondióle Arias Gonzalo,
como viejo comedido:
—Si yo fuera cual tú dices,
no debiera ser nacido.
Bien hablas como valiente,
pero no como entendido.
¿Qué culpa tienen los muertos
en lo que hacen los vivos?
Y en lo que los hombres hacen,
¿qué culpa tienen los niños?
Dejéis en paz a los muertos;
sacad del reto a los niños,
y por todo lo demás
yo habré de lidiar contigo.
Mas bien sabes que en España
antigua costumbre ha sido
que hombre que reta a Consejo
haya de lidiar con cinco,
y si uno de ellos le vence,
el Consejo queda quito.
Don Diego cuando esto oyera
algo fuera arrepentido;
mas sin mostrar cobardía,
dijo: —Afirmóme a lo dicho.



* * *

ROMANCE DECENO

Sobre las deliberaciones de los
zamoranos para responder al riepto.

Después que retó a Zamora
don Diego Ordóñez de Lara,
vengador noble y valiente
del rey Sancho, que Dios haya,
su consejo tiene junto
en palacio doña Urraca,
por su hermano dolorida,
por su reto lastimada.
Y como la vil envidia,
cuanto no merece, tacha
de la virtud enemiga,
peligro de la privanza,
murmuraba maldiciente
de Arias Gonzalo que falta,
sospechando falsamente
que es por mengua su tardanza.
A aquellos que lo calumnian,
empuñando la su espada,
denodado les responde
Ñuño Cabeza de Vaca:
—Aquel civil que presuma
temor, bajeza o fe mala
de Arias Gonzalo mi tío,
miente, miente por la barba;
y el que negare el respeto
a sus venerables canas,
a mí que las reverencio
me ponga la tal demanda.
Estando en esto, el buen viejo
entró grave por la sala,
arrastrando grande luto,
haciendo sus hijos plaza.
La mano a la Infanta pide,
mesura fizo a la Infanta,
saludó a los homes buenos,
y de esta suerte les fabla:
—Noble Infanta, leal Concejo,
don Diego Ordóñez de Lara,
que para buen caballero
este apellido le basta,
en vez del Cid don Rodrigo,
que con vos juró alianza,
por la pro de su rey muerto
con infame reto os carga.
A vuestro cabildo vengo,
con estos cuatro en compaña,
ciudadanos, fijos míos,
de Laín Calvo sangre honrada.
Tardóme un poco en venir,
que pláticas no me agradan
cuando los negocios piden
obras, valor y venganza.
A una el viejo y sus fijos
los largos capuces rasgan
quedando en armas lucidas;
lloró de nuevo la Infanta,
los viejos graves se admiran,
los mozos se avergonzaban
porque todos daban voces,
y nadie quien lidie daba.
Arias Gonzalo prosigue
diciendo: —Recibe, Urraca,
mis canas para consejo,
mis fijos para batalla;
dales tu mano, señora,
que su juventud lozana
será invencible, si fuere
de tu mano real tocada.
Honrar a la gente buena,
y esotra común pagarla,
le cumple al rey, que desea
domeñar fuerzas contrarias;
y con sangre de don Diego
que se quite aquella mancha
que a ti y a tu pueblo reta
con tan insufrible infamia;
si esta sangre, que es buena
y se ha de vender muy cara,
faltare, su muerte honrosa
viva mantendrá su fama.
Yo seré el quinto y primero
que volveré por la causa,
aunque mi vejez parezca
mocedad noble afrentada.
Al campo me voy, señora;
no me deis por esto gracias,
que el buen vasallo al buen rey
debe hacienda, vida y fama.



* * *

ROMANCE ONCENO

Arias Gonzalo y sus hijos se aprestan
para el combate

Tristes van los zamoranos,
metidos en gran quebranto;
reptados son de traidores,
de alevosos son llamados:
más quieren ser todos muertos
que no traidores nombrados.
Día era de San Millán,
ese día señalado;
todos duermen en Zamora,
mas no duerme Arias Gonzalo.
Acerca de las dos horas
del lecho se ha levantado:
castigando está sus hijos,
a todos cuatro está armando;
las palabras que les dice
son de mancilla y quebranto:
—Ayúdeos Dios, hijos míos;
guárdeos Dios, hijos amados,
pues sabéis cuán falsamente
habernos sido reptados;
tomad esfuerzo, mis hijos,
si nunca lo habéis tomado:
acordaos que descendéis
de la sangre de Laín Calvo,
cuya noble fama y gloria
hasta hoy no se ha olvidado,
pues que sabéis que don Diego
es caballero preciado,
pero mantiene mentira
y Dios de ello no es pagado:
el que de verdad se ayuda,
de Dios siempre es ayudado.
Uno falta para cinco,
porque no sois más de cuatro;
yo seré el quinto, y primero
que quiero salir al campo.
Morir quiero y no ver
muerte de hijos que tanto amo.
Mis hijos, Dios os bendiga,
como os bendice mi mano.
Sus armas pide el buen viejo,
sus hijos le están armando:
las grevas le están poniendo;
doña Urraca había entrado;
los brazos le echara encima,
muy fuertemente llorando:
—¿Dónde vais, mi padre viejo,
o para qué estáis armado?
Dejad las armas pesadas,
que ya sois viejo cansado,
que sabéis, si vos morís,
perdido es todo mi estado.
Acordaos que prometistes
a mi padre don Fernando
de nunca desampararme
ni dejar de vuestra mano.
—Pláceme, señora hija—,
respondió Arias Gonzalo.
Cabalgara Pedro de Arias,
su hijo, que era el mediano,
que aunque era mozo de días,
era en obras esforzado.

* * *

ROMANCE DOCENO

En que el zamorano Pedro Arias se
prepara para el reto y recibe los consejos
de su padre.

El hijo de Arias Gonzalo,
el mancebito Pedro Arias,
para responder a un reto
velando estaba unas armas:
era su padre el padrino,
la madrina doña Urraca,
y el obispo de Zamora
es el que la misa canta.
El altar tiene compuesto,
y el sacristán perfumaba
a San Jorge y San Román,
y a Santiago el de España;
estaban sobre la mesa
las nuevas y frescas armas,
dando espejos a los ojos
y esfuerzo a quien las miraba.
Salió el obispo vestido,
dijo la misa cantada,
y el arnés pieza por pieza
bendice, y arma a Pedro Arias:
enlázale el rico yelmo,
que como el sol relumbraba,
relevado de mil flores,
cubierto de plumas blancas.
Al armarle caballero
sacó el padrino la espada,
dándole con ella un golpe
le dice aquestas palabras:
—Caballero eres, mi hijo,
hidalgo y de noble casta,
criado en buenos respetos
desde los pechos del ama;
hágate Dios tal que seas
como yo deseo que salgas:
en los trabajos sufrido,
esforzado en las batallas,
espanto de tus contrarios,
venturoso con la espada,
de tus amigos y gentes
muro, esfuerzo y esperanza.
No te agrades de traidores
ni les mires a la cara;
de quien de ti se fiare
no le engañes, que te engañas;
perdona al vencido triste
que no puede tomar lanza;
no des lugar que tu brazo
rompa las medrosas armas;
mas en tanto que durare
en tu contrario la saña,
no dudes el golpe fiero,
ni perdones la estocada.
A Zamora te encomiendo
contra don Diego de Lara,
que nada siente de honra
quien no defiende su casa.
En el libro de la misa
le toma jura y palabra.
Pedrarias dice: —Sí, otorgo
por aquestas letras santas.
El padrino le dio paz,
y el fuerte escudo le embraza,
y doña Urraca le ciñe
al lado izquierdo la espada.

* * *

ROMANCE TRECENO

El zamorano Pedro Arias se enfrenta a
Diego Ordóñez y muere

Por la puerta de Zamora
se sale fuera y armado;
topárase con don Diego,
su enemigo y su contrario:
—Sálveos Dios, don Diego Ordóñez,
y él os haga prosperado,
en las armas muy dichoso,
de traiciones libertado.
Ya sabéis que soy venido
para lo que está aplazado,
a libertar a Zamora
de lo que le han levantado.
Don Diego le respondiera
con soberbia que ha tomado:
—Todos juntos sois traidores,
por tales seréis quedados.
Vuelven los dos las espaldas
por tomar lugar del campo,
hiriéronse juntamente
en los pechos muy de grado:
saltan astas de las lanzas
con el golpe que se han dado;
no se hacen mal alguno
porque van muy bien armados.
Don Diego dio en la cabeza
a Pedrarias desdichado,
cortárale todo el yelmo
con un pedazo del casco;
desque se vido herido
Pedrarias y lastimado,
abrazárase a las crines
y al pescuezo del caballo;
sacó esfuerzo de flaqueza,
aunque estaba mal llagado,
quiso ferir a don Diego,
mas acertó en el caballo,
que la sangre que corría
la vista le había quitado.
Cayó muerto prestamente
Pedrarias el castellano.



* * *

ROMANCE CATORCENO

Sale a combatir por los zamoranos el
segundo de los Arias y también muere

Don Diego que vido aquesto,
toma la vara en la mano,
dijo a voces: —¡Ah, Zamora!
¿Dónde estás, Arias Gonzalo?
Envía al hijo segundo,
que el primero ya es finado:
ya se acabaron sus días,
su juventud fin ha dado.
Envió el hijo segundo,
que Diego Arias es llamado.
Tornara a salir don Diego
con armas y otro caballo,
y diérale fin a aqueste
como al primero le ha dado.

* * *

ROMANCE QUINCENO

El zamorano Hernán de Arias sale al
combate y es herido, pero obliga a salir
del campo a Diego Ordóñez.

El Conde viendo a sus hijos,
que los dos le han ya faltado,
quiso enviar al tercero,
aunque con temor doblado.
Llorando de los sus ojos
dijo: —Ve, mi hijo amado,
haz como buen caballero
lo que tú eres obligado;
pues sustentas la verdad,
de Dios serás ayudado;
venga las muertes sin culpa,
que han pasado tus hermanos.
Hernán de Arias, el tercero
al palenque había llegado;
mucho mal quiere a don Diego,
mucho mal y mucho daño.
Alzó la mano con saña
un gran golpe le había dado;
mal herido le ha en el hombro,
en el hombro y en el brazo.
Don Diego con el su estoque
le hiriera muy de su grado:
hiriéralo en la cabeza,
en el casco le ha tocado.
Recudo el hijo tercero
con un gran golpe al caballo,
que hizo ir a don Diego
huyendo por todo el campo.
Así quedó esta batalla
sin quedar averiguado
cuáles son los vencedores:
los de Zamora o del campo.
Quisiera volver don Diego
a la batalla de grado;
mas no quisieron los fieles,
licencia no le han dado.

* * *

ROMANCE DIECISEISENO

Arias Gonzalo recrimina a Diego
Ordóñez su cobardía, pero éste lo aplaca
con mansedumbre, y zamoranos y
castellanos deponen las armas.

Ante los nobles y el vulgo
de ese pueblo zamorano,
hablando con Diego Ordóñez
está el viejo Arias Gonzalo.
En las palabras que dice
con pecho feroz y airado
Arias demuestra su enojo,
y Ordóñez su pecho hidalgo.
—Cobarde —el viejo le dice—,
animoso con muchachos,
pero con hombres de barba,
tímido cual liebre al galgo;
si yo a batalla saliera,
no viviérades ufano,
ni trajera por mis hijos
aqueste capuz cerrado;
que por vos, el de Vivar,
le trajera cual le traigo,
siendo la menor hazaña
que se aplicara a mi brazo,
pues bien sé que sois, Ordóñez,
más arrogante que bravo,
y sabéis que en todo tiempo
obro más de lo que hablo,
y con aquesto sabéis
que por miedo, el rey don Sancho
estorbó que los tres condes,
no entraran conmigo en campo,
contando mis valentías
cuando dijo al zamorano:
“Mete hierro y saca sangre,
y espolea ese caballo”.
Y cuando maté a los dos,
por el que se fue escapando
cual si yo fuera el vencido
quedé mi barba mesando;
y también como los condes,
porque fueron tan osados,
del encuentro de mi lanza
volaron de los caballos,
a cuya causa las damas
bajaron de los andamios,
y a competencia mi cuello
enlazaron con sus brazos,
por los que dieran mancebos
sus tiernos y verdes años,
movidos sólo de envidia
de los de este viejo cano.
También tendredes memoria
de cuando con diez paganos
tuve solo escaramuza dando,
de diez, nueve al campo;
y con aquesta noticia
de cuando vencí a Albenzaidos,
saliendo de industria a pie,
y el diestro moro a caballo,
cuando le dejé la vida
porque dijo: —Arias Gonzalo,
más vale ser tu vencido,
que ser vencedor de un campo.
Y otros hechos valerosos
que el mundo dice y yo callo,
porque en infinito tiempo
no hay tiempo para contallo.
Porque de pavor no mueras
aqueste estoque no arranco,
que está de un millón de muertos
boto y de sangre esmaltado.
Estas honrosas hazañas
por tu infamia y mi honor saco;
las tuyas son que mataste
un rapaz y otro muchacho.
El cortés don Diego Ordóñez
templóse de cortesano,
respondiendo a voces altas
con órgano humilde y bajo;
y con el rostro risueño,
un poco torcido el brazo,
de codo sobre la espada,
y el rostro sobre la mano,
le dice: —Aquesas proezas,
y esos hechos soberanos,
el cielo y tu buena suerte
se las concedió a tu brazo:
en tu causa soy testigo,
y por serlo en razón valgo,
y tú en las mías no vales
por testigo apasionado;
y aunque puedo referirte
valentías y hechos raros,
que casi imitan los tuyos,
aunque a los tuyos agravio,
sólo diré por honrarme
con lo que me has deshonrado,
que les di muerte a dos hijos
del que ha sido tan honrado,
que se ha atrevido a venir
al real de su contrario.
Repórtate, Gonzalo Arias
repórtate, Arias Gonzalo.
El viejo, que ya tenía
el corazón desfogado,
conoció haber emprendido
un hecho muy temerario;
de esto y del valor de Ordóñez
viéndose tan obligado,
profesando su amistad
le pide la amiga mano.
Diola don Diego de Lara
con un semblante gallardo,
y tras darla, el uno al otro
enreda y cruza los brazos.
Celebran las amistades
todos y el Cid castellano,
y con esto dio la vuelta
a Zamora Arias Gonzalo.



* * *

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